La judería de Toledo


Santuario y meta de los visitantes que buscan el recuerdo judio inmediato. Aquí podrán tenerlo con creces, tanto en los restos como en la historia. Comencemos por ésta:

Hay cronistas que fueron capaces de atribuir la fundación de Toledo a los judíos. Cuando digo capaces no quiero decir que fueran insensatos, porque hay muchas cosas en la historia que no se reconocen oficialmente y podrían haber sido posibles, incluso esas que llamamos a veces alucinaciones. Hasta esa pretendida locura de hacer derivar la palabra Toledo de una voz hebrea, toledoth, que significa generaciones. Sí, todo es posible por encima de lo que hayan podido asegurar los historiadores atrapados por el racionalismo y por la amenaza de anatema. Sólo que -creo- hay que sugerir siempre las posibles falacias: no hay pruebas suficientes.

De los judíos de Toledo, establecidos en la ciudad, al parecer, desde la noche de los tiempos, se dice en fuentes cristianas que escribieron una carta al Sanhedrín de Jerusalén pidiéndole que no condenase al reo Jesucristo. Se trata, naturalmente, de una leyenda imposible de ser tomada en consideración, pero nos descubre que, en un determinado momento de su historia, esos judíos toledanos intentaron de algún modo demostrar que no era cierto lo que la Iglesia se empeñaba injustamente en cargarles: la muerte del Salvador, de la que los historiadores contemporáneos coinciden ya unánimemente en responsabilizar a los ocupantes romanos de palestina.

Más adelante, durante la dominación visigoda, la suerte de los judíos toledanos pasó por un periodo de envidiable libertad y progreso (mientras los ocupantes godos fueron fieles al arrianismo) y por un largo período de marginación, que coincidió con la nueva toma del poder por parte de la Iglesia. Los concilios, celebrados en Toledo precisamente, comenzaron a arremeter contra los privilegios de que gozaban los judíos y hasta se acusó a los toledanos de haber intentado financiar un amago de invasión musulmana en el año 694. Esta sospecha, apoyada en pruebas que, al menos hoy por hoy, no han podido ser debidamente documentadas, provocó la primera expulsión de judíos peninsulares, muchos de los cuales se refugiaron al otro lado de los Pirineos, en Occitania, donde fundaron comunidades poderosísimas, alguna de las cuales llegó a ser considerada como reino.

Del mismo modo que se tienen pruebas de que los musulmanes tomaron Toledo gracias a la ayuda de los judíos que se sentían hartos del dominio visigodo, se sabe casi de cierto que Alfonso VI encontró en los judíos de la ciudad unos aliados efectivos en el momento en que la ciudad era reconquistada cuatrocientos años después. Es, por tanto, más que probable que los judíos tuvieran en Toledo ese paralelo legendario que muchos han querido ver con Jerusalén y que se ha traducido en coincidencias que alcanzan todos los niveles: geográficos, religiosos, hasta ocultistas, a partir de un eventual origen hebreo de los nombres de muchos de los pueblos de sus alrededores, como si Toledo hubiera sido, en algún sentido, el paralelo místico -deseado, alcanzado, soñado- de la ciudad santa de Jerusalén. Alfonso VI se encontró con una ciudad en la que la colonia judía era influyente y culta en grado sumo. En ningún momento se planteó la eventualidad de reducir aquella influencia, a pesar del nombramiento de un arzobispo cluniacense; antes bien, el monarca la fomentó y aun concedió nuevos privilegios a los miembros de la comunidad judía, que levantaron Toledo como ciudad clave y señera de la cultura europea de su tiempo. Y todo ello tenía lugar a pesar de que los sucesores del monarca responsable de la conquista restringieron notablemente los favores concedidos a los judíos y a pesar de que, menos de cien años después de la ocupación cristiana de la ciudad, se reimplantaron las restricciones oficiales que prohibian, por ejemplo, que los judíos pudieran ocupar cargos públicos.

El gran esplendor toledano de los judíos se desarrolla entre los siglos XI Y XIII. En aquel momento la ciudad fue sede cultural y centro esotérico al mismo tiempo. Funcionaba ya la Escuela de Traductores de Toledo y funcionaba, al mismo tiempo, una escuela de ocultistas hebreos que, a partir de las enseñanzas y de la experiencia de la Cábala, desarrollaban todo un mundo de ciencia hermética y heterodoxa que prendió pronto en cristianos y musulmanes y fundamentó, con el tiempo, la gran leyenda de la magia toledana, incrustada en los rincones de la ciudad, en sus cavernas y en sus calles.

La sede de la comunidad hebrea se encontraba, sobre todo, en la pendiente que baja hacia el Tajo, en el lado sur de la ciudad. Y esto desde tiempos de la dominación visigoda, por lo menos. Toda la zona meridional de Toledo, desde lo que hoy es San Juan de los Reyes y la puerta del Cambrón, hasta los Altos de Montichel -la actual alameda de San Cristóbal- eran aljama y ciudad de los judíos.

Los hebreos más ricos se concentraban alrededor de la parroquia de Santo Tomé, por las calles en torno a la del Ángel, por la plaza de los Caños de Oro, por la casa de las Siete Cocinas. Al pie del cerro de la Virgen de Gracia estaba la Casa del judío, que fue de don Ishaq, el que la Ieyenda dice que prestó dinero a la reina Isabel la Cató1ica a cambio de sus joyas cuando se trató de financiar la expedición que conduciría al descubrimiento de América. Por aquel lugar estaban también las calles mercantiles de la otra judería: la de Alcaná, que recordó Cervantes; las que recorrió Mateo Alemán, las rememoradas en la Crónica de Francesillo, llamadas por su autor Las Cuatro Calles.

Pues es el hecho que Toledo contó con dos juderías. Y ésta llamada de Alcaná fue la segunda, considerablemente más reducida que la otra, pero no por ello menos importante, pues si la primera era esencialmente residencial, y por lo tanto más íntima y restringida a la gentilidad, ésta era sobre todo comercial y albergaba la mayor parte de los negocios que los judíos tenían en la ciudad.De ahí venía su nombre, derivado de al-janat (tiendas) o, según se apunta otras veces, del verbo qaná, que alude a las operaciones de vender y comprar. La arteria principal de esta judería menor era la que aún se llama calle del Hombre de Palo y, aun careciendo de documentos que lo avalen sin dejar lugar a dudas, todo hace sospechar que fue, probablemente, la primitiva, la que se estableció en el núcleo ciudadano al amparo primero de la mezquita mayor y después de la catedral. Y fue precisamente la catedral la que trajo a la judería sus primeras dificultades, pues estando su obra ya muy adelantada, el arzobispo Tenorio concibió el nuevo claustro en un lugar -el que hoy ocupa- para cuya construcción era necesario el derribo de varias casas de la judería, cosa a la que sus ocupantes se oponían al amparo de las leyes que les protegían. Un incendio, que entonces se dio como fortuito, facilitó lo que las leyes habían hecho difícil a la mismísima Iglesia. Pero hay cronistas que insisten en que, antes de ese incendio, los judíos comenzaban ya a estar predispuestos a acceder a las presiones del arzobispo, porque sus secuaces se dedicaron durante un tiempo a arrojar piedras y objetos sobre las tiendas judías desde lo alto de las torres, impidiendo que las transacciones comerciales se llevasen a cabo con normalidad.

Esta judería, atravesada por la calle que he citado, contaba con varias otras callejas que la extendían hasta la llamada Chapinería, frente a la puerta del Reloj. Las que hoy quedan formaron parte de su recinto con las calles del Nuncio Viejo, Granada, Trinidad, la Sal y parte de las Cuatro Calles Sín duda, la sinagoga recíentemente descubierta, de la que haré mención un poco más adelante, formó parte de esta judería, que, por lo demás, cuenta con suficientes restos que acreditan su presencia. Parece también fuera de duda que, en los ú1timos años de la presencia judía en la Península, debió de ser abandonada y los habitantes que aún quedaban se concentraron en la principal, mucho más segura por no estar totalmente rodeada de edificaciones crístianas.

A finales del siglo XIV había en la judería toledana no menos de diez sinagogas:

Alguna de aquellas sinagogas era anterior a la época de la Reconquista, que tuvo lugar en 1085, en tiempos del Cid.

A medida que avanzaba el siglo XIV fue también descendiendo el esplendor judio de Toledo. Se endurecieron las leyes antijudaicas y las facilidades concedidas a los conversos fueron haciendo crecer el contingente de marranos. Las guerras entre Pedro I y Enrique II hicieron que los judios toledanos se inclinasen por el partido del primero, con lo cual se granjearon las iras y la venganza del vencedor. Hubo asedios, saqueos, matanzas: en 1355, según las crónicas, murieron más de 1.200 judios a manos de las mesnadas de Enrique de Trastámara, y eso a pesar de que la juderia más rica -es decir, la Alcaná- se libraba de la matanza gracias al espesor de sus muros. Una vez vencedor, después del asesinato de su hermano en los campos de Montiel, el nuevo rey abrumó con tributos a los judios de Toledo, Ése fue el principio del fin, de un fin que se habia de prolongar en las matanzas de 1391 -más de mil muertos- y con la proliferación de las leyendas antijudias que iban provocando periódicamente pequeños saqueos y asesinatos en masa, hasta el momento de la expulsión en 1492. La mayor parte de los judíos expulsados de Toledo fueron a refugiarse en los países del Magreb y sus propiedades pasaron a ser patrimonio real, pero en la ciudad quedó, viviendo en la misma judería de sus antepasados, una nutrida colonia de conversos, sobre la que los tribunales del Santo Oficio se cebaron preferentemente desde el establecimiento de la Inquisición, cuya Suprema tenía su cuartel general en el mismo barrio donde actuaba. En sus tiempos de máximo esplendor, la judería toledana estaba regida por un rabino mayor, con la ayuda de gaones, dayanes y personeros que cuidaban los distintos aspectos de la administración y del culto. Todos los judíos varones recibían la capacitación a los veinte años y, con ella, pasaban automáticamente a ser vasallos exclusivos del rey de Castilla. Funcionaba un tribunal rabínico -betdin- que veía las causas concernientes a la comunidad y todas las funciones administrativas eran llevadas por diez administradores, los mugaddinim.

Quedan hoy en Toledo más restos judíos que en ninguna parte de España. Son restos que, acompañados de recuerdos y de leyendas, conforman la personalidad judía de la ciudad. Veámoslos ahora con cierto orden:

Queda aún mucho por descubrir del Toledo judío. En obras recientes efectuadas en el barrio para la construcción de viviendas los mismos albañiles que trabajaban en ellas contaban que entre uno y tres metros de profundidad es perfectamente posible encontrar restos de suelos de casas judías, pavimentos y cimentaciones anteriores. De todas formas, el recuerdo judío de Toledo es imperecedero. Se tiene noticia de muchas cosas imposibles ya de reconstruir. Por ejemplo, que el mercado judío estuvo en un determinado momento en el mismo lugar que hoy ocupa el claustro gótico tardío de la catedral, en los terrenos que confiscó el obispo Tenorio. Por ejemplo, la situación exacta del adarve del Barceloní en la desaparecida plaza de Abensossán.

Hemos tratado de evocar, en pocas líneas -demasiado pocas siempre- lo más importante del Toledo judío. Queda sólo dejar que el viajero pasee por sus calles, precisamente las que rodean, por detrás de la de los Reyes Católicos, las sinagogas y la casa de Samuel Ha-Leví. Muchas de esas calles conservan leyendas judías y otras tienen nombres que concuerdan con otras historias levantadas sobre la presencia judía en Toledo. Casi podría decirse que no hay calle ni plazuela toledana que no tenga su leyenda, desde la plazuela del Pozo Amargo, en la que lloraba la judía Raquel después de que su padre diera muerte a su amante cristiano, hasta la calle de las Ánimas, donde estaba la casa del Duende, en la que se reunían judíos cabalistas que llegaron a ser acusados de brujería, y la casa incendiada más por miedo que por odio. No es fin de esta guía que ahora relatemos esas leyendas, pero el viajero que guste de ellas puede encontrar, por las cercanías de la catedral, alguna librería en la que todavía hay viejos libros asequibles con infinidad de historias, recuerdos y noticias de los judíos toledanos.


Caminos de Sefarad. Guía judía de España. Juan G. Atienza. Ediciones Robinbook. Barcelona 1994.

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