En un artículo notable (que Umberto Eco, estoy seguro, aprobaría sin restricciones) el licenciado Claudio Mangisfesta ha establecido que existen dos clases de lectores: los analíticos (u horizontales) que avanzan con deleite conforme el propio texto avanza, y los intuitivos (o verticales) que lo hacen dando grandes zancadas, deseosos de llegar de una buena vez a su conclusión. Para ambos, creo, son las líneas que siguen, y que debo a mi amigo Alberto Stoesel, que todavía hoy jura que la anécdota es tan real como su pasión por las matemáticas.
Stoesel es un exitoso administrador de empresas especializado en el manejo de fondos de inversión, pero hace tres décadas era apenas un contador recién recibido en la Universidad Nacional de La Plata, con un futuro promisorio pero de momento sin un peso en el bolsillo. Fanático de Racing y de las estadísticas, como quedó dicho, su disciplina lo llevó a tener un archivo que incluía todas las campañas profesionales del equipo de Avellaneda (por entonces, claro está, no existían las computadoras).
Lo cierto es que un domingo mi amigo descubrió, mientras desayunaba, que aquel era el séptimo día del mes siete del año '77. Hasta aquí, una fecha absolutamente lógica, que por lo demás se había dado (con una simple alteración) once años antes, y que se repetiría once años después, y así sucesivamente. Pero el diario traía otra sorpresa: ese mismo día, a las siete de la tarde, en la séptima carrera del hipódromo platense iba a correr un potrillo llamado Séptimo Regimiento. Con el alma alborotada, poco le costó convencerse de que por algún extraño designio del azar los dioses se habían conjurado, aquel día, para darle un golpe de timón a su magra economía. Almorzó a las apuradas (polenta y una manzana) y se tiró en la cama para escuchar el partido de su amado Racing (que finalmente perdió con Boca 4 a 3). No pudo dormir. Pasada la media tarde se levantó y fue hasta la parada del colectivo. Al cabo de un rato el 7 apareció bufando y lo llevó por la diagonal 77. Mi amigo observaba con asombro al resto de los pasajeros: ¿ninguno advertía, como lo hacía él, semejantes coincidencias?, ¿aquel día nadie había reparado en lo caprichoso que puede resultar el azar? Faltaban siete minutos para las siete de la tarde cuando llegó al hipódromo. Sin pensarlo, corrió hasta una de las ventanillas y aposto los setenta y siete mil pesos que traía en el bolsillo (cifra que hoy suena exorbitante, pero que —inflaciones mediante— era exigua aún para la época). La carrera duró siete minutos, que fueron como siete años, siete siglos para su pobre corazón
Según Mangifesta, los lectores horizontales querrán saber si la contundente lógica del destino continuó aquella tarde con su andar implacable, y los verticales estarán ansiosos por conocer cuánto dinero ganó mi amigo… A ambos les digo que “Séptimo Regimiento”, como no podía ser de otra manera, aquel domingo llegó séptimo.
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MM
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