Como lo dijimos antes lo podemos repetir ahora: si algo caracterizó en el área cultural a la administración municipal expulsada del gobierno por el voto ciudadano, fueron la ineficacia y los procederes de corte fascista. Sé que la palabra fascista es fuerte pero es la que mejor describe no lo que se hizo, si no lo que intentó destruirse. A las pruebas me remito: la comunidad quilmeña dejó en guarda de la administración Villordo un teatro municipal que hoy ya no existe y una Escuela Municipal de Bellas Artes que sobrevive por el empeño y la lucha de sus profesores y alumnos. Es bueno pensar que estuvimos a un paso de perderla para tener conciencia de lo nefasto que estaba creciendo en la burocracia municipal más allá de las páginas porno con que muchos ediles ocupaban su tiempo de no hacer, del sorteo del freezer, de la golpiza primero y el balazo después a los estudiantes que manifestaban para mantener abierta su escuela, de la agresión física a un periodista local y del acoso a la prensa no oficialista de nuestra ciudad. Cuando la oposición, el pensar distinto, el opinar contrariamente, el sano querer más, son utilizados para construir un fantasmático enemigo, mal que le pese a muchos, hay fascismo. Y es muchas veces la ineficacia en la acción, sumada a lo retrógrado en las ideas, lo que habilita la expresión desembozada del mismo.
Es necesario que la administración encabezada por el intendente Francisco Gutiérrez, a la que le deseamos sinceramente la mejor fortuna, tenga en claro que, en el ámbito oficial, se parte de este punto, de un período nefasto para la cultura quilmeña, con algunos de sus ámbitos destruidos (el Teatro Municipal), otros ociosos y presumiblemente saqueados hasta que se demuestre lo contrario (¿hay un inventario de las obras del Museo Municipal de Artes Visuales?, ¿Está actualizado?, ¿Se ha chequeado o se chequeará la existencia material de las obras con su registro, ¿Se ha chequeado o se chequeará la existencia material de las obras con su registro?), algún intento de descabezar ex profeso (como el Museo Fotográfico que era en sí una creación de su último coordinador Fernando San Martín), otros burocratizados (la Biblioteca Municipal, el Museo del Carruaje, etc.), uno emblemático como la Casa de la Cultura, al que habrá que darle un sentido y una actividad acorde a lo que significa, tanto para la historia de la EMBA como para la de Quilmes, y todos descoordinados, sin directivas claras y sin inserción en un programa o proyecto cultural que los movilice en un sentido preciso.
Sobre la propia EMBA “Carlos Morel” es bueno saludar las medidas que ya ha tomado el nuevo gobierno municipal al reintegrarle los derechos que Villordo y su fuerza de choque le había arrebatado, pero es justo también decir que nuestra escuela de bellas artes debe además constituirse como un eje movilizador de la cultura local. Los trabajos de sus alumnos y profesores deben ser expuestos a la comunidad con los requerimientos técnicos que necesitan y toda la riquísima actividad artística que allí se desarrolla debe ser promocionada, puesta en circulación y vinculada con la de otras escuelas de artes del país a través de muestras, exposiciones, encuentros y congresos que la ubiquen en el lugar que se merece en el escenario nacional.
En el ámbito de las instituciones culturales, todas ellas (Casa de Arte Doña Rosa, Centro Cultural Artenpie, Centro Cultural Polaridades, Zona de Arte, etc.), que parecieran haber venido a ocupar lugares vacantes de otras instituciones de vieja data con lenguajes y propuestas remozadas, sufrieron también el embate del ariete villordista y su falso trauma post Cromagnon que pareció exacerbarse con ellas mientras los locales comerciales y otros de instituciones no culturales continuaban con sus prácticas y sistemas de emergencia inexistentes. No están mal los mecanismos de seguridad en las instituciones, lo que estuvo mal es que no se las guiara con certeza ni se las ayudara a emplazar elementos y a realizar adecuaciones y se las exigieran perentoriamente, e incluso se las clausurara temporalmente o se las multara cuando aún estaban en obras, y más aún se les impidiera desarrollar adecuadamente su tarea una vez que las obras, al buen saber y entender de ingenieros en seguridad, estaban concluidas. A algunas de ellas directamente se las persiguió por haber adherido a los reclamos y participado de la lucha en defensa de la EMBA.
En cuanto a los artistas locales, mire, lo pasado dio pena. Dio pena ver como el Museo Nacional del Grabado, en la Ciudad de Buenos Aires, organizaba una muestra de grabadores quilmeños (Marcelo Aguilar, Alejandra Bagolini, Pedro Costa, Miguel Maciel, Hilda Paz) mientras aquí, en su ciudad, en nuestra ciudad, se los ninguneaba como al mejor. Ni hablar de la inexistencia en la propuesta cultural pasada de artistas del relieve de Manuel Oliveira, Leandro Manzo, Enrique Rocca, Sonia Otamendi, entre otros. La comunidad de Quilmes merece y quiere ver la obra de sus artistas en su ámbito, en su ciudad.
No menciono aquí a los escritores de Quilmes, porque desde lo oficial nunca se supo bien qué hacer con ellos, si reavivar aquella mítica ordenanza no reglamentada que obligaba a la Municipalidad a adquirir 300 ejemplares de la obra editada de autores quilmeños o qué. Pero cierto es que cuando dieron muestras de capacidad organizativa y voluntad de trabajo, por ejemplo en el Encuentro Nacional de Poesía Quilmes 2004, organizado por Artenpie y la Universidad Nacional de Quilmes, convocando por tres días en nuestra ciudad a un espectro ilustrativo de la poesía nacional proveniente de ocho provincias y reuniendo 500 personas en la inauguración, se los siguió mirando de lejos y cruzándose de vereda cuando se los veía por la calle Rivadavia. Tal vez haya sido porque en el transcurso de la actividad se leyó la lista completa de los escritores desaparecidos, incluyendo a Hugo Oscar “Pajarito” Sánchez, de nuestra ciudad, o porque los directores de los más importantes medios nacionales de difusión de poesía debatieron sobre los vínculos de la misma con la estética y la ideología, o por que no se quiso analizar la posibilidad de instituir esa actividad como una realización periódica de la cultura de Quilmes, como una vía de contacto de nuestros escritores con los del resto del país, o porque no le interesó a la Municipalidad de Quilmes, lograr lo que han logrado la de Rosario, la de Bahía Blanca, la de Mar del Plata, o la de Medellín, en Colombia, con actividades similares.
En el ámbito de la música lo único que se le ocurrió hacer a los ejecutores del plan cultural Villordo, fue prohibir el rock en Quilmes. Por supuesto se cuidaron de decirlo, pero lo hicieron. Atribuyéndose el rol de comisarios de la cultura prohibieron el rock. «Los pibes toman cerveza ¿visteS?, se empedan. ¿Qué querés que un colectivo se lleve puesto a alguno y le tiren el cadáver a Villordo en un año de elecciones?». El cadáver que le tiraron a Villordo no fue otro que el que presuntamente fabricó él mismo en una noche de fin de año, y el otro, el cadáver político de sí mismo que supo fabricar con incomprensión, ineptitud y autoritarismo.
Podríamos seguir enumerando las cosas que no se hicieron, las que faltan, las que hay que hacer. Pero somos prudentes. Si hay algo que somos los artistas de Quilmes es eso, somos prudentes y respetuosos. Pero conocemos esta ciudad, muchos de nosotros desde que nacimos; venimos haciendo cultura desde jóvenes y estamos un poco aburridos. Si hay algo que no puede hacerse con el arte es burocracia, política de partido, poroteo eleccionario, amiguismo. El arte de Quilmes, en el actual nivel de sus artistas, es una excelente plataforma para profundizar procedimientos democráticos, para hacer política, Política Cultural, generando posibilidades de realización artística para todos los vecinos, acercando los bienes culturales a la comunidad, expandiendo con las producciones artísticas locales los límites del partido, incorporando los nombres de nuestros artistas a la cultura nacional, disputando un espacio posible con la fuerza centrípeta de la cercana Buenos Aires, instaurando para nuestra ciudad un perfil artístico-cultural que ayude a individualizarla y a destacarla más allá de la cerveza. Berazategui lo viene haciendo con el Centro Cultural Rigolleau, con sus talleres permanentes y su muestra anual de artesanía, con el rescate del Atellier Bustillo y otras iniciativas. No queremos parecernos a nadie, tenemos nuestra historia cultural, una historia amojonada en su inicio por las figuras de Carlos Morel y Guillermo Enrique Hudson, ya es hora de ver cómo sigue, hacia dónde va, hacia dónde queremos que vaya.
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Seguramente no es lo más importante, pero es significativo porque lo simbólico tiene su peso en nuestras vidas, en las vidas de los pueblos: ¿podríamos este año, en lugar de celebrar los 342 años de la ciudad, a partir de aquella ominosa fundación de la Reducción de Santa Cruz de los Quilmes, festejar los más modestos, pero menos bochornosos, 196 años de la declaración de Quilmes como Pueblo Libre?
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