Para Rodolfo, en su cumpleaños
Los dormitorios estaban húmedos y helados, porque nunca se ponían estufas en esa parte de la casa. Recuerdo las sábanas tan frías que parecían mojadas, las tres frazadas de lana áspera, la colcha celeste. En cuanto nos metían en la cama y nos apagaban la luz, la mano chiquita se extendía en el aire, hacia mí. Sábanas y frazadas estaban firmemente metidas debajo del colchón, fajándonos, y no era fácil sacar un brazo al aire, pero las dos manos se encontraban enseguida en el espacio de frío y miedo que quedaba entre las camas. Entonces yo contaba, en voz queda, un cuento de Úndura Trúndura, uno viejo o, si estaba inspirada, uno nuevo. La mano chiquita escuchaba con atención. En el país llamado Úndura Trúndura pasaban cosas extraordinarias. Había perros que hablaban y pájaros que escribían, había una máquina de la memoria que cuidaba un farero, y había angelitos que bajaban del cielo a jugar al fútbol con los chicos. El cuento rodaba en la noche, y la mano, muy poco más chica que la mía, se empezaba a aflojar, y se aflojaba más, y más, y por fin se me caía. Entonces, deshaciendo el envoltorio de las sábanas con los talones, salía de la cama para meter la mano de vuelta debajo de las cobijas. Después me metía en la cama tiritando, y mientras entraba en calor me dormía yo también.
Me costó conseguir que me dejaran tener una habitación propia, en otra parte de la casa, donde podía leer toda la noche, si quería. No veía el día de mudarme. Se lo dije a la mano chiquita una noche, y una voz no muy convencida contestó “No importa, ya soy grande”. Para demostrármelo, la mano chiquita empezó a no buscarme todas las noches. Yo extendía la mía siempre, por las dudas. Después, contenta, me metía entre las sábanas y hasta me daba vuelta para el otro lado, como si ya nadie me fuera a necesitar. Alguna vez oí mi nombre pronunciado en voz muy baja, porque las orejitas aquellas no podían dormir, e inmediatamente me puse en mi sitio y extendí la mano y empecé mi cuento.
Por fin me mudé a mi habitación. Pero cuando ya estaba bien acomodada en mi nueva cama, tapada hasta la boca, con la lámpara enfocada sobre el libro, pensaba que la mano chiquita estaba tanteando el aire y no me encontraba. Trataba de oír algo, pero solamente oía los crujidos de la casa, los maullidos de los gatos o el viento. Finalmente me levantaba, cruzaba el comedor grande, que era el lugar más frío del mundo, y entraba en mi antiguo dormitorio. Si la cabecita orejuda dormía, volvía corriendo a mi habitación. Pero si no, me quedaba allí.
Sigo contando cuentos en la oscuridad. La oscuridad, ahora, es distinta, y ya no hace frío, porque tengo calefacción. La mano que me escucha es mucho más grande que la mía, pero cuando le cuento mis historias me parece chiquita. A veces mis amigos me preguntan si lo que les digo es cierto o si me lo he inventado, como a Úndura Trúndura. Dice el novelista Murakami que ese es el destino del escritor, que nadie le crea. Otro destino es no poder tener habitación propia, y ni siquiera poder darse vuelta para el otro lado, porque siempre hay una mano tendida en lo oscuro, esperando esas palabras luminosas que cuentan una historia falsa, una historia felizmente falsa, para poder navegar por el mar de miedo de la noche.
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GR
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