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AGENDA CULTURAL

AÑO X — N° 91
MARZO 2008
Quilmes- Argentina
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Sonia Otamendi


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XI

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ALICIA SCAVINO

Leda Schiavo



En febrero se cumplieron dos años de la muerte de Alicia Scavino. Hablar de Alicia y de la muerte parece un imposible, un oxímoron perfecto. Tanto amó la vida y tanto la recordamos que hemos postergado los reconocimientos póstumos, los homenajes que se merece, y el tributo ha sido mayormente el silencio. Frente a tanta vida apasionada y tanta obra maravillosa de esta maestra del grabado quedan, salvo pequeñas excepciones, el silencio, el vacío, la nada. En esta época de palabrerío insulso, de ruido procaz, de trivialidad, de mediocridad ensalzada, quizás este silencio en el que nos sumergimos sus amigos tras su muerte, sea al fin una especie de tributo.

Sin embargo, algo como remordimiento nos carcome. Yo quisiera, por ejemplo, emocionarme en una retrospectiva de su obra; abrazar una estatua; llorar en el Sívori, que tanto amó, junto a esa gente que la recuerda; en el Bellas Artes, donde la vi recibir uno de los tantos premios; en ArteBa, que recorrimos durante varios años; en el Palais de Glace. Nada de eso pude hacer, ni siquiera pude imprimir la última chapa que dibujó para un poema mío, poema que ella celebraba con gran generosidad; ni siquiera logré terminar de reunir los testimonios de sus alumnos y colegas como alguna vez pensé, aunque fuera para colgar todo en una página de la red.

Como pasa con los grandes autores, la desaparición física conlleva un silencio espeso y negro que dura unos años. No queremos pensar ni aceptar que no oiremos su voz celebrando la vida, el arte, el bon vino. Ella sigue entre nosotros y quisiera creer que mañana la pasaré a buscar para ir a una galería o a un museo, o simplemente al cine y luego a entregarnos a los placeres de la comida y la bebida. Mañana seguiremos hablando de cómo arreglar su casa, de los éxitos de Fabián, de sus nietos y bisnieta. Hoy seguiré escribiendo sobre ella como un modo de llenar el vacío.
Escribiendo esto y enfrentándome a la elusiva presencia del fantasma de Alicia, a la consoladora contemplación de su obra, a la insolente persistencia de fotos y papeles, se me ocurre que nuestra relación con los muertos es tan difícil como nuestra relación con los vivos.

Algunas culturas, la gallega y la mexicana, y las nombro por ser las que conozco, tienen una relación física y casi histriónica con los muertos. Es un tema de antropología cultural con extensa bibliografía. Lo que cabe aquí preguntarse es si la conducta de esos pueblos consuela al que queda vivo más de lo que nos consuela a nosotros, que conservamos una distancia impasible y sideral con los muertos. ¿Por qué no hemos homenajeado a Alicia como ella se merece? ¿Por exceso o por defecto?

¿Qué hacer con los muertos? ¿Qué hacer con la memoria de los muertos? Preguntas cruciales en la historia reciente y no tan reciente de nuestro país y preguntas que nos han acuciado a todos alguna vez a lo largo de la vida.

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LS

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