“Es frecuente oír las motos antes de verlas. Al principio es un puntito negro que aumenta rápida­mente entre los árboles que bordean la carretera. Entonces empezamos a oír el aullido ronco de un cuatro cilindros desencadenado. Al llegar al final de la recta, el piloto frena con todas sus fuerzas. Vemos a la moto aplastarse literalmente sobre la rueda delantera. Oímos el quejido de los neumáticos entre los sonidos secos del cambio al reducir: cuarta, tercera, segunda... Con decisión, el piloto inclina la máquina al entrar en la curva. La rodilla izquierda pasa a pocos centímetros del suelo. Luego, nueva aceleración, tercera durante unos segundos y vuelta a reducir a segunda para abor­dar la curva siguiente. Esta vez es la rodilla derecha la que la roza casi la hierba que bordea la carretera.

Luego una subida de régimen espeluznante: 4000, 5000, 6000 revoluciones, tercera; 5000, 6000 revoluciones, cuarta; 5000, 6000 revoluciones, quinta. Y el puntito negro desaparece en el horizonte. El piloto es un hombre feliz porque acaba de experimentar un placer que sólo proporciona la conducción de una moto. El más potente coche deportivo, no ofrece a su conductor, encerrado entre chapas de acero, sensaciones como ésta. El coche se conduce có­modamente sentado, utilizando prácticamente sólo las manos. La moto por el contrario, moviliza todo el cuerpo y todas las facultades del piloto. Sus reacciones se sienten directamente, instintiva­mente. Hace falta sensibilidad, casi diriamos sensualidad. Algo muy distinto de la conducción aséptica e impersonal de un coche.

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