Para el amigo sincero, cultivo una rosa
blanca... por Aurelio de la Vega
Difícil,
ingentemente arduo es decir adiós a un amigo que por más de medio
siglo me acompañó en sueños, en realizaciones, en
dificultades y en alegrías. Pero como este amigo ido no es sólo
mío sino que abrió sus brazos a muchos, hoy no encarno mis
sentimientos personales sino que rindo tributo, en nombre de toda una
comunidad, y en representación de los muchos cientos que él
impactó con su sonrisa y con su pluma, a Octavio R. Costa.
Aunque
tocó una breve parte de nuestro siglo, es el pasado centenar de
años el que sirvió de marco a la vida de Costa. Ese siglo XX lo
llenó con su amor, su compañerismo, su sabiduría, su
acción cívica, sus escritos, sus quimeras, sus desasosiegos y su
vida afectiva. Si nos deja una familia numerosa, si sobreviven sus
cariños y sus ternuras, queda sobre todo su obra creativa -de ensayo a
verso, de libro a plática, de artículo periodístico a
notable investigación histórica. Fue una vida tan rica la de
Octavio que podría transformarse en novela toda su existencia.
Amó mucho -como hombre, como mentor, como amigo, como creyente
cristiano, como buen patriota. Nunca abandonó el amor, y lo puso en
amistad y en creación. Así nacieron los libros que
escribió, y los artículos que titulaba Instantáneas
-esparcidos por treinta años, y que recogen no sólo figuras
literarias, musicales, políticas, históricas, sociales,
pictóricas y religiosas, si no toda una constelación de cubanos
esparcidos por el mundo, con sus biografías a cuestas-, artículos
de los que él mismo se ufanaba por considerarlos vitales, importantes y
fundamentales para la documentación de los hijos de América
Latina.
Dos características marcaron la vida de Octavio Costa: Su
apego a la historia, y su bondadoso cariño por sus amigos. La primera de
estas dos facetas cubre sus años en Cuba y sus tiempos en Estados
Unidos. Si fue abogado por profesión, fue historiador por
vocación. De tierras de Pinar del Río, donde nació,
pasó luego a La Habana, donde desarrolló sus dotes de escritor.
Pronto fue figura habitual, aplaudida y reconocida, en los círculos
literarios de la capital cubana. Personalmente, lo conocí a finales de
los cuarenta, cuando, terminada una plática suya en el Ateneo de La
Habana, fue a reunirse con sus compañeros del Pen Club de Cuba para un
almuerzo tardío en el restaurante París. Me lo presentó
Jorge Mañach, quien lo había saludado en la prensa habanera como
un suceso espléndido para las letras cubanas. Costa ingresó en la
Academia de la Historia y en la Academia de Artes y Letras, ambas,
instituciones fundamentales de la cultura cubana republicana. Aparecieron sus
primeros libros, y su Maceo va a ser uno de los más hermosos tributos
jamás escritos acerca de esta figura heroica cubana. Octavio y yo nos
encontramos con creciente regularidad, y a poco de comenzar la frecuencia del
trato descubrí esa otra faceta cardinal del perfil de Costa: su
conmovedor concepto de la amistad.
En Cuba, sus artículos y
ensayos para los principales periódicos habaneros se sucedían en
creciente ritmo. Otros libros históricos siguieron naciendo de su
imaginación y celo. En todos sus escritos se fue perfilando ese estilo
claro, simple, directo, instructivo que lo iba a caracterizar. Cuando el 10 de
marzo de 1952 cambió el rumbo de la historia y de la
socio-política de la República, vemos que Octavio, nombrado
Director del periódico Pueblo, se adentra más en el campo
político. Ya por entonces, emulando a Martí -para quien el
enemigo era un contrincante a quien se le debía respeto y hasta
nobleza-, Octavio ha plantado en su carácter la idea de que no se odia
al adversario, y cuando hay que criticarlo o vencerlo se realiza la tarea con
elegancia y generosidad. También igual a Martí, cuando Costa
comenta un nuevo libro que llega a sus manos, una colección de poemas
que le envían, o una acción pública de un conocido o de un
extraño, realiza su crítica con altruismo desarmante. Recuerdo
una vez en 1956, cuando un escritor comunista lo atacó violenta y
públicamente, con acidez desmedida, que Costa me replicó ante mi
indignación por el insulto: "El pobre, que mal escribe". Y
subrayó el desquite con una amplia sonrisa.
La Revolución
Castrista lo lanza al exilío -ese largo trayecto de soledad y
desentendimiento que ha afectado a tantos buenos cubanos. Viene a Estados
Unidos con su esposa, la fiel Caruca, sus hijos y su talento. Posa en San
Antonio, recomienza su carrera periodística, y pronto llega a Los
Angeles -su segunda ciudad, tras La Habana, donde va a escribir muchos
más libros, innumerables artículos periodísticos, valiosos
ensayos y crecientes actuaciones como codiciado orador. Es en Los Angeles donde
el nombre de Octavio adquiere categoría de cotidianidad, y se le hace
conocido a muchos que lo toman como guía, maestro esclarecedor y
consejero. ¡Cuántos no habrán sido los compatriotas que
supieron por vez primera de Rubén Darío, de Bolívar, de
Jorge Luis Borges, de la Avellaneda, de Andrés Bello, de Juárez,
de Jorge Bolet y hasta de Martí a causa de esos incesantes
artículos suyos para La Opinión de Los Angeles! ¡Y
cuántos no habrán sentido su martilleo contínuo para que
el cubano despierte a la cultura y a la vida estética oyéndole
uno de sus contundentes coloquios!
También va a ser en Los
Angeles donde Octavio va a ensayar sus primeras aventuras como profesor. El
Mount Saint Mary's College, en su campus de Doheny, lo invita para dictar
clases a los primeros maestros cubanos recién llegados de Cuba, y
provenientes de Miami, que van a formar parte de un ilustre contingente de
educadores de los que, por muchos años, se beneficiarán las
escuelas públicas de Los Angeles. Luego, Costa dictará cursos por
años venideros en este mencionado colegio universitario y en otras
instituciones similares. Su reputación como profesor le hará
visitar Miami en varias ocasiones, donde ofrece exitosos cursos.
A
través de todos los años subsiguientes a su llegada a California,
Cuba va a percutir constantemente en sus escritos sobre el tema de la
opresión política en la Cuba de los últimos cuarenta y
seis años. Con valentía ejemplar, al margen de modas, de
presiones, de conveniencias y de componendas, Octavio insistirá hasta la
saciedad en el desenmascaramiento del mito fidelista, en el pisoteo do los
Derechos Humanos en la Cuba actual, en el horror del presidio político
cubano, en la destrucción ético-moral de todo un pueblo. Se duele
-otra vez como Martí- de la indiferencia de las supuestas "hermanas
repúblicas" latinoamericanas ante el drama cubano, y se asombra ante la
complicidad de políticos, parlamentos, intelectuales y artistas con el
oprobio reinante en Cuba. Frente al hastío, sube de tono su voz; frente
a la apatía, ataca de nuevo; frente a la maldad política, que
trata de denigrar al exilio cubano, escribe tres artículos más. A
ese verdadero, activo, templado, perseverante e insobornable Octavio, le debe
mucho la Cuba presente y futura. Ese agradecimiento nacional llegará un
día, y adornará su memoria con los lirios de la victoria cuando
la dignidad individual y colectiva regrese a una Cuba desvencijada pero
esperanzadora.
Los últimos años de su vida los
pasó Octavio R. Costa en Miami. Allí, prodigiosamente,
siguió su labor ensayística y articulística en el Diario
Las Américas, y, con La Universal de Manolo Salvat a cuestas, nos
regaló mas libros que hablaban de las contribuciones cubanas a la
historia de la cultura occidental. A Los Angeles regresó no hace mucho
para ya morir. Sus amigos de Miami lo van a extrañar tanto como los de
Los Angeles, por que para ambos grupos se silenció una voz caballerosa,
gentil, idealista y pródiga de amor. Nos hemos quedado sin el amigo y
sin el escritor, sin el galante conciudadano y sin el contertulio cordial. Nos
hemos quedado con aquel vacío de que hablaba Keats cuando decía
que "la muerte de un ser querido es como una mañana sin luz, como un
mediodía en sombras". Pero un poco al modo anglo-sajón
regocijémosnos hoy también porque, además de tinieblas y
pena, hay aplauso y bullicio, ya que siempre, entre todos nosotros, queda la
obra literaria luminosa de Octavio Costa, y la sonrisa bondadosa del fraternal
amigo que supo siempre alentar al necesitado espiritual y ensalzar con
prodigalidad al coetáneo.
Northridge, diciembre 20, 2005
En este web site encontrará enlaces a
la biografía del escritor e historiador cubano, a su obra, donde
podrá leer en línea apartes de la gran mayoría de sus
libros y comentarios de su editoral. También puede encontrar algunas de
sus poesías y el artículo de prensa que publica todos los
miércoles en los periódicos el "Diario las Américas" de
Miami y en "La Voz Libre" de los Ángeles.
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Hasta
Siempre Don Octavio...
Dic.
19 - 2005
Ha fallecido don
Octavio R. Costa "El decano de la Cultura Cubana".
OCTAVIO R.
COSTA (cubano, 1915-2005)
Para un noble quehacer
predestinado poeta, periodista y pensador cumplía con nobleza esa
labor que fuese su más bello apostolado.
De su estilo fecundo
y acendrado queda el arte cubierto de fulgor y en su frente los lauros
del honor su mundo de saber han constelado.
La tinta de su pluma se
derrama sobre el folio sin fin del panorama donde fue su palabra viva
hoguera.
Porque la pluma colosal de Costa nunca detuvo en la disputa
angosta la firme espada de su gran trinchera.
Francisco
Henríquez 130 NW 189 St. Miami, Fl. 33169
fhenriquez@bellsouth.net
Si desea enviar un corto saludo de
despedida a don Octavio, por favor escriba a despedida@goodsignals.com
Gracias ! Mensajes para don
Octavio:
Mi querido amigo, descansa en
paz y gracias por todos estos años de amistad y de cariño.
Rosario Caparó y familia
Mi angel, mi amigo, Ya nos reuniremos algún día y
me presentarás a Caruca como me lo prometiste cuando almorzabamos.
Siempre estarás con migo. Patricia Orozco
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Su Obra
 "Antonio Maceo, El Héroe" (Reedición
1984)
 "Juan Gualberto Gómez, Una vida sin
sombra" (Reedición 1984)
 "Variaciones en torno a Dios, El Tiempo, La Muerte y otros
temas" (1987)
 "Perfil y Aventura del Hombre en la Historia" (1492-1988)
 "Santovenia: Una vida con sentido Histórico" (1989)
 "Manuel Sanguily, Historia de un
Ciudadano" (Reedición 1989)
 "II Antología de
Instantáneas" (1960-1989)
 "Don Pepe Mora y su Familia" (1991)
 "Luis J. Botifoll: Un Cubano Ejemplar" (1991)
 "El Impacto creador de España sobre el nuevo
mundo" (1492-1582) - (1991)
 "Raices y Destinos de los pueblos hispanoamericanos" (1992)
 "Imagen
y trayectoria del cubano en la historia" (1492-1902)
(1902-1958) (1994)
 "Modesto M. Mora, M.D., La gesta de un Médico" (1996)
 "Bolivar: Más allá del tiempo y del
espacio" (1998)
 "Hombres y Destinos" (Reedición 1998)
 "Ser y Esencia de Martí" (2000)

"Bajo Mi Terca Lucha Con El Tiempo" (Memorias 1915-2000)
 "Caruca" (2002)
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