Su obra como intelectual...es fuerte y tierna, a la vez...           María Gómez Carbonell

     Última Actualización: Ene 08 de 2006
Para el amigo sincero, cultivo una rosa blanca...
por Aurelio de la Vega

Difícil, ingentemente arduo es decir adiós a un amigo que por más de medio siglo me acompañó en sueños, en realizaciones, en dificultades y en alegrías. Pero como este amigo ido no es sólo mío sino que abrió sus brazos a muchos, hoy no encarno mis sentimientos personales sino que rindo tributo, en nombre de toda una comunidad, y en representación de los muchos cientos que él impactó con su sonrisa y con su pluma, a Octavio R. Costa.

Aunque tocó una breve parte de nuestro siglo, es el pasado centenar de años el que sirvió de marco a la vida de Costa. Ese siglo XX lo llenó con su amor, su compañerismo, su sabiduría, su acción cívica, sus escritos, sus quimeras, sus desasosiegos y su vida afectiva. Si nos deja una familia numerosa, si sobreviven sus cariños y sus ternuras, queda sobre todo su obra creativa -de ensayo a verso, de libro a plática, de artículo periodístico a notable investigación histórica. Fue una vida tan rica la de Octavio que podría transformarse en novela toda su existencia. Amó mucho -como hombre, como mentor, como amigo, como creyente cristiano, como buen patriota. Nunca abandonó el amor, y lo puso en amistad y en creación. Así nacieron los libros que escribió, y los artículos que titulaba Instantáneas -esparcidos por treinta años, y que recogen no sólo figuras literarias, musicales, políticas, históricas, sociales, pictóricas y religiosas, si no toda una constelación de cubanos esparcidos por el mundo, con sus biografías a cuestas-, artículos de los que él mismo se ufanaba por considerarlos vitales, importantes y fundamentales para la documentación de los hijos de América Latina.

Dos características marcaron la vida de Octavio Costa: Su apego a la historia, y su bondadoso cariño por sus amigos. La primera de estas dos facetas cubre sus años en Cuba y sus tiempos en Estados Unidos. Si fue abogado por profesión, fue historiador por vocación. De tierras de Pinar del Río, donde nació, pasó luego a La Habana, donde desarrolló sus dotes de escritor. Pronto fue figura habitual, aplaudida y reconocida, en los círculos literarios de la capital cubana. Personalmente, lo conocí a finales de los cuarenta, cuando, terminada una plática suya en el Ateneo de La Habana, fue a reunirse con sus compañeros del Pen Club de Cuba para un almuerzo tardío en el restaurante París. Me lo presentó Jorge Mañach, quien lo había saludado en la prensa habanera como un suceso espléndido para las letras cubanas. Costa ingresó en la Academia de la Historia y en la Academia de Artes y Letras, ambas, instituciones fundamentales de la cultura cubana republicana. Aparecieron sus primeros libros, y su Maceo va a ser uno de los más hermosos tributos jamás escritos acerca de esta figura heroica cubana. Octavio y yo nos encontramos con creciente regularidad, y a poco de comenzar la frecuencia del trato descubrí esa otra faceta cardinal del perfil de Costa: su conmovedor concepto de la amistad.

En Cuba, sus artículos y ensayos para los principales periódicos habaneros se sucedían en creciente ritmo. Otros libros históricos siguieron naciendo de su imaginación y celo. En todos sus escritos se fue perfilando ese estilo claro, simple, directo, instructivo que lo iba a caracterizar. Cuando el 10 de marzo de 1952 cambió el rumbo de la historia y de la socio-política de la República, vemos que Octavio, nombrado Director del periódico Pueblo, se adentra más en el campo político. Ya por entonces, emulando a Martí -para quien el enemigo era un contrincante a quien se le debía respeto y hasta nobleza-, Octavio ha plantado en su carácter la idea de que no se odia al adversario, y cuando hay que criticarlo o vencerlo se realiza la tarea con elegancia y generosidad. También igual a Martí, cuando Costa comenta un nuevo libro que llega a sus manos, una colección de poemas que le envían, o una acción pública de un conocido o de un extraño, realiza su crítica con altruismo desarmante. Recuerdo una vez en 1956, cuando un escritor comunista lo atacó violenta y públicamente, con acidez desmedida, que Costa me replicó ante mi indignación por el insulto: "El pobre, que mal escribe". Y subrayó el desquite con una amplia sonrisa.

La Revolución Castrista lo lanza al exilío -ese largo trayecto de soledad y desentendimiento que ha afectado a tantos buenos cubanos. Viene a Estados Unidos con su esposa, la fiel Caruca, sus hijos y su talento. Posa en San Antonio, recomienza su carrera periodística, y pronto llega a Los Angeles -su segunda ciudad, tras La Habana, donde va a escribir muchos más libros, innumerables artículos periodísticos, valiosos ensayos y crecientes actuaciones como codiciado orador. Es en Los Angeles donde el nombre de Octavio adquiere categoría de cotidianidad, y se le hace conocido a muchos que lo toman como guía, maestro esclarecedor y consejero. ¡Cuántos no habrán sido los compatriotas que supieron por vez primera de Rubén Darío, de Bolívar, de Jorge Luis Borges, de la Avellaneda, de Andrés Bello, de Juárez, de Jorge Bolet y hasta de Martí a causa de esos incesantes artículos suyos para La Opinión de Los Angeles! ¡Y cuántos no habrán sentido su martilleo contínuo para que el cubano despierte a la cultura y a la vida estética oyéndole uno de sus contundentes coloquios!

También va a ser en Los Angeles donde Octavio va a ensayar sus primeras aventuras como profesor. El Mount Saint Mary's College, en su campus de Doheny, lo invita para dictar clases a los primeros maestros cubanos recién llegados de Cuba, y provenientes de Miami, que van a formar parte de un ilustre contingente de educadores de los que, por muchos años, se beneficiarán las escuelas públicas de Los Angeles. Luego, Costa dictará cursos por años venideros en este mencionado colegio universitario y en otras instituciones similares. Su reputación como profesor le hará visitar Miami en varias ocasiones, donde ofrece exitosos cursos.

A través de todos los años subsiguientes a su llegada a California, Cuba va a percutir constantemente en sus escritos sobre el tema de la opresión política en la Cuba de los últimos cuarenta y seis años. Con valentía ejemplar, al margen de modas, de presiones, de conveniencias y de componendas, Octavio insistirá hasta la saciedad en el desenmascaramiento del mito fidelista, en el pisoteo do los Derechos Humanos en la Cuba actual, en el horror del presidio político cubano, en la destrucción ético-moral de todo un pueblo. Se duele -otra vez como Martí- de la indiferencia de las supuestas "hermanas repúblicas" latinoamericanas ante el drama cubano, y se asombra ante la complicidad de políticos, parlamentos, intelectuales y artistas con el oprobio reinante en Cuba. Frente al hastío, sube de tono su voz; frente a la apatía, ataca de nuevo; frente a la maldad política, que trata de denigrar al exilio cubano, escribe tres artículos más. A ese verdadero, activo, templado, perseverante e insobornable Octavio, le debe mucho la Cuba presente y futura. Ese agradecimiento nacional llegará un día, y adornará su memoria con los lirios de la victoria cuando la dignidad individual y colectiva regrese a una Cuba desvencijada pero esperanzadora.

Los últimos años de su vida los pasó Octavio R. Costa en Miami. Allí, prodigiosamente, siguió su labor ensayística y articulística en el Diario Las Américas, y, con La Universal de Manolo Salvat a cuestas, nos regaló mas libros que hablaban de las contribuciones cubanas a la historia de la cultura occidental. A Los Angeles regresó no hace mucho para ya morir. Sus amigos de Miami lo van a extrañar tanto como los de Los Angeles, por que para ambos grupos se silenció una voz caballerosa, gentil, idealista y pródiga de amor. Nos hemos quedado sin el amigo y sin el escritor, sin el galante conciudadano y sin el contertulio cordial. Nos hemos quedado con aquel vacío de que hablaba Keats cuando decía que "la muerte de un ser querido es como una mañana sin luz, como un mediodía en sombras". Pero un poco al modo anglo-sajón regocijémosnos hoy también porque, además de tinieblas y pena, hay aplauso y bullicio, ya que siempre, entre todos nosotros, queda la obra literaria luminosa de Octavio Costa, y la sonrisa bondadosa del fraternal amigo que supo siempre alentar al necesitado espiritual y ensalzar con prodigalidad al coetáneo.

Northridge, diciembre 20, 2005

En este web site encontrará enlaces a la biografía del escritor e historiador cubano, a su obra, donde podrá leer en línea apartes de la gran mayoría de sus libros y comentarios de su editoral. También puede encontrar algunas de sus poesías y el artículo de prensa que publica todos los miércoles en los periódicos el "Diario las Américas" de Miami y en "La Voz Libre" de los Ángeles.



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Hasta Siempre Don Octavio...

Dic. 19 - 2005

Ha fallecido don Octavio R. Costa "El decano de la Cultura Cubana".



OCTAVIO R. COSTA
(cubano, 1915-2005)


Para un noble quehacer predestinado
poeta, periodista y pensador
cumplía con nobleza esa labor
que fuese su más bello apostolado.

De su estilo fecundo y acendrado
queda el arte cubierto de fulgor
y en su frente los lauros del honor
su mundo de saber han constelado.

La tinta de su pluma se derrama
sobre el folio sin fin del panorama
donde fue su palabra viva hoguera.

Porque la pluma colosal de Costa
nunca detuvo en la disputa angosta
la firme espada de su gran trinchera.

Francisco Henríquez
130 NW 189 St. Miami, Fl. 33169
fhenriquez@bellsouth.net


Si desea enviar un corto saludo de despedida a don Octavio, por favor escriba a despedida@goodsignals.com

Gracias !

Mensajes para don Octavio:

Mi querido amigo, descansa en paz y gracias por todos estos años de amistad y de cariño.
Rosario Caparó y familia

Mi angel, mi amigo, Ya nos reuniremos algún día y me presentarás a Caruca como me lo prometiste cuando almorzabamos. Siempre estarás con migo.
Patricia Orozco





















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