DESDE LOS BORDES
LA NiÑA DE SAN CRISTOBAL
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La niña de San Cristobal

Hace algunos años Moisés Barrios, el pintor y artista guatemalteco, bananalizó un vestido de niña al que dieron en llamarle Niña de Guatemala. Por algunos años lo vi en su casa y siempre me pareció de un encanto singular. Contiene para mi distintos símbolos, entre ellos el de la inocencia, el del pasado, los colores de la cáscara del banano, como le dicen en Guatemala, le dan un toque de eternidad, porque le proporcionan una identidad, que revierte el sentido político que tiene, para nosotros, el ser países bananeros, o sea ser esas periferias de otras periferias, que pueden ser explotados por siglos, sin que se acabe la producción. Al investir al objeto con la piel del banano, Barrios recobra no solo la inocencia de la región, sino el brillo dorado del deseo español en su crítica sutil. La pieza cobra distintas connotaciones, y se lo envían a la audiencia que observa, con distintos mensajes, que tocan diferentes planos de la conciencia. Entre todo el vestidito representa lo femenino de la región, lo subordinado, una región que es borde, no solo geográfico, sino también cultural. Hoy Guatemala ha dejado de verse solamente como un país bananero, se le considera uno de los corredores del lavado de dinero y un espacio crucial de la droga. En suma nuestro pasado no se reivindica. Son estos objetos los que nos retraen a pensar en nuestras múltiples identidades. Ser bananeros es en el fondo una forma de identidad, los colores dorados de la piel, o cuando la piel está pinta, lista para devorar la carne del banano nos identican más que las famosas huellas digitales, un guatemalteco no se come un banano que tiene la piel semiverde, espera la lucidez del amarillo plagado de interesantes y obscuras manchas cafés. A casi un siglo de que la Bananera firmara un contrato muy interesante y desbalanceado con el gobierno de turno de Guatemala por 100 años de explotación de esas tierras bananeras, en otros lugares se come el mejor banano de Guatemala, y le ponen el sello, para que se sepa que es de allí, que tiene pedigrí. La gente norteamericana se lo come duro, recién salido del refrigerador donde lo hayan puesto en el supermercado, no esperan que madure, lo parten hasta con cuchillo, y luego se lo comen verdecito, dicen que es cuando está bueno. En cambio cualquier guatemalteco espera ese momento en que se sienta el aroma del color de la piel moteada, entonces sabe que es necesario comerlo. Si se le pasa lo hornea hasta que se negree, entonces tiene de nuevo ese saborcito en el centro de la vena, listo para comerse.
2008-01-25 19:47:05 GMT
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